CUANDO CAMBIA EL TIEMPO Y EL CICLO DE LAS NACIONES

Héctor Huanca Gutiérrez

Ministro de Relaciones Exteriores del Estado Plurinacional de Bolivia

Los grandes cambios históricos rara vez se reconocen en el momento en que ocurren. Al principio parecen decisiones políticas, encuentros entre gobernantes o acontecimientos que ocupan las noticias durante algunos días. Solo después comprendemos que algunos de esos hechos modificaron la manera en que una sociedad entendía su presente y se imaginaba su futuro. Bolivia vive hoy un cambio de ciclo que puede tener esa dimensión. Y la reciente visita del presidente de Chile, José Antonio Kast, a nuestro país, invitado por el presidente Rodrigo Paz, nos permite observar cómo una transformación nacional puede comenzar a modificar también el tiempo de las relaciones entre dos Estados.

Después de veinte años de un modelo político en el que la ideología ocupó un lugar predominante, Bolivia ha iniciado una etapa que exige revisar prácticas, recuperar capacidades y tomar decisiones que no siempre serán fáciles. El presidente Paz ha sido claro al señalar que este cambio puede resultar dificil. Las transformaciones profundas afectan intereses, cuestionan costumbres y obligan a abandonar certezas que parecían inamovibles. Sería ingenuo desconocer esas dificultades. Pero también sería irresponsable permanecer inmóviles cuando las condiciones del país reclaman respuestas diferentes. El propósito de este nuevo ciclo no es sustituir una ideología por otra, sino devolver a la acción pública su finalidad esencial: mejorar las condiciones de vida de nuestra gente.

Esa orientación tiene un nombre y un contenido: pragmatismo con principios y valores. El pragmatismo que proponemos no es una licencia para actuar sin convicciones ni una fórmula para justificar cualquier acuerdo. Es la decisión de evaluar los problemas por su realidad, escuchar antes de juzgar y buscar soluciones posibles sin comprometer los fundamentos del Estado. Los principios señalan aquello que debemos preservar; el pragmatismo nos exige encontrar los medios para hacerlo efectivo. Esta combinación resulta especialmente importante en política exterior, donde las relaciones entre países no pueden depender exclusivamente de afinidades ideológicas, simpatías personales o coincidencias circunstanciales entre gobiernos.

La visita del presidente Kast adquiere significado precisamente desde esa perspectiva. Transcurrieron 71 años desde la anterior visita oficial de un mandatario chileno a Bolivia. Ese largo intervalo habla de una relación que, por distintas razones, encontró dificultades para sostener encuentros políticos de alto nivel. Lo ocurrido en La Paz no elimina esas circunstancias ni resuelve automáticamente los asuntos pendientes. Sin embargo, introduce un hecho que merece atención: dos presidentes, provenientes de experiencias políticas distintas, decidieron encontrarse y explorar una agenda que responde a intereses concretos de sus países. El valor del encuentro está en haber hecho posible una decisión que durante demasiado tiempo parecía excepcional.

He leído con interés la columna Bolivia es futuro, publicada por mi colega chileno Francisco Pérez Mackenna. Su reflexión permite advertir que, desde perspectivas nacionales diferentes, existe una comprensión compartida sobre la oportunidad que se ha abierto. Para Bolivia, esa oportunidad tiene una condición irrenunciable: nuestra reivindicación marítima conserva plenamente su fundamento histórico y constitucional. La disposición al entendimiento no modifica esa posición ni supone relativizarla. Lo novedoso es reconocer que una relación bilateral puede desarrollar una agenda amplia y sostenida sin exigir previamente la solución de todas sus controversias. Esta forma de relacionarnos demanda seriedad, respeto jurídico y una voluntad que deberá probarse en el tiempo.

Tenemos ahora una tarea que exige pasar del significado político a la ejecución. La conectividad entre el centro de Sudamérica y el Pacífico, el aprovechamiento de las capacidades portuarias, la integración energética y la seguridad fronteriza pueden adquirir una dimensión regional si se articulan con proyectos viables y responsabilidades claramente establecidas. Bolivia aspira a participar en esa transformación desde su condición de país de encuentro entre mercados y territorios. No buscamos una integración limitada al tránsito de mercancías, sino una que genere actividad productiva, inversión y mejores oportunidades para nuestras regiones. Su éxito deberá poder apreciarse en la economía cotidiana, no únicamente en las estadísticas del comercio exterior.

Hay, además, una responsabilidad institucional que no debemos subestimar. Las relaciones entre países adquieren estabilidad cuando sobreviven a quienes las impulsaron. Por eso, la agenda abierta en La Paz necesitará continuidad técnica, cumplimiento de obligaciones, mecanismos de evaluación y la participación de los sectores que conocen directamente los problemas de la frontera y del comercio. La voluntad de los presidentes ha permitido dar un paso importante; ahora corresponde a nuestras instituciones demostrar que pueden sostenerlo. La diplomacia moderna necesita comprender tanto el valor político de un encuentro como la disciplina necesaria para que sus decisiones produzcan efectos duraderos.

Nadie puede asegurar hoy cómo será recordado este episodio dentro de varias décadas. La historia no concede anticipadamente ese reconocimiento. Lo que sí podemos afirmar es que Bolivia ha decidido afrontar su propio cambio de ciclo y que ese proceso está abriendo posibilidades distintas en su relación con Chile y con el mundo. Quizá allí resida el significado más profundo de este momento: comprender que las naciones pueden conservar intacta su memoria y, al mismo tiempo, modificar la dirección de sus decisiones.

No podemos cambiar el tiempo que hemos vivido. Pero sí podemos decidir cómo comienza un nuevo ciclo y qué tiempo dejaremos a quienes vienen después.

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