Bolivia se dignifica por la lucha de un pueblo que en octubre de 2003 resistió y defendió los recursos naturales

En Octubre de 2003, la conciencia madura y firme del pueblo boliviano se hizo sentir, porque cerca de un centenar de bolivianos ofrendaron su vida con las ideas claras, por una causa patriota como fue la defensa de los recursos naturales.

El subconsciente colectivo de esa gigantesca masa humana heredera del pensamiento de los mineros bolivianos, señalaba que la transformación del país y de sus habitantes sólo sería posible si se añadía valor agregado a los recursos naturales.

Pasaron diez años de esa epopeya popular en el glorioso octubre, cuando la ciudad de El Alto se convertía en una trinchera inexpugnable de la más grande insurrección de pobladores, campesinos y originarios de todo el departamento paceño, en lucha definitiva por poner fin al gobierno que vendió la patria y sucumbió a sus ambiciones.

Este 17 de octubre de 2013, en la avenida 6 de marzo de la ciudad de El Alto, día en que el pueblo boliviano expulsaba a Gonzalo Sánchez de Lozada, se apostaban miles de personas, para participar en el homenaje a las víctimas de octubre de 2003, en una jornada que fue declarada como el Día de la Dignidad Nacional.

El Presidente Evo Morales, el Canciller aymara y las autoridades nacionales fueron recibidos por la muchedumbre que colmó las avenidas aledañas. El acto se inició con una ofrenda a la Pachamama a cargo de amautas quienes pidieron permiso a la madre tierra y solicitaron a las “deidades divinas” que los responsables de las 67 muertes y más de 400 heridos en 2003, asuman su responsabilidad y retornen al país.

Posteriormente un minuto de silencio en recuerdo de las víctimas dio paso a las intervenciones de los dirigentes y autoridades con la mirada paciente de los familiares que vivieron el horror en esos días aciagos de octubre.

En la ocasión, el Presidente Evo Morales afirmó que el 17 de octubre de 2003, es la culminación de una larga lucha del pueblo boliviano para dignificar el país y el final del modelo neoliberal  “de saqueo y robo”.

El Jefe de Estado en ésta oportunidad, promulgó la Ley del “Día de la Dignidad Nacional”, rindió homenaje a los fallecidos, que tuvo su epicentro de resistencia en la ciudad de El Alto a la intención de Sánchez de Lozada de vender gas boliviano a Estados Unidos a través de puertos chilenos.

“Qué ha sido el 17 de octubre, el final de un modelo neoliberal, total agotamiento, total descomposición de ese modelo neoliberal. Ha sido el final de un modelo neoliberal, ha sido la total descomposición del modelo neoliberal, de saqueo de robo’, afirmó en un encendido discurso en el que recordó los hitos de la lucha sindical, campesina, obrera por la liberación del “capitalismo, del colonialismo y del neoliberalismo”.

En esa línea subrayó la participación de todos los bolivianos, “desde las regiones y desde todos los sectores” que a, su juicio, han dado algo de su tiempo y “algunos su vida” por la patria.

Justificó la movilización permanente del pueblo boliviano contra el “modelo neoliberal” cuyos representantes -aseguró- “no vendieron la patria, regalaron la patria, rifaron la patria”.

“Para mí  es la culminación de esa larga lucha del pueblo boliviano, recuperando los recursos naturales, dignificarnos no solamente ante nosotros sino ante el mundo porque era un Estado vendido”, argumentó.

Aquel octubre de 2003

Las últimas semanas de septiembre y las primeras de octubre, se caracterizaban por enfrentamientos diarios cada vez más violentos y radicales en la medida que las acciones antigubernamentales se expandían al tiempo que el régimen no se daba por enterado de la gravedad de la situación.

En efecto, solamente una clase política miope o ciega podía ignorar y pasar por alto la enorme insatisfacción, el rencor y el encono que demostraban los sectores oprimidos de la población boliviana, sobre todo en la zona occidental y particularmente en la ciudad de El Alto.

El movimiento campesino, indígena originario, después de los errores del año 2000 en las movilizaciones de Felipe Quispe, cuando perdió una inmejorable situación, se repone y vuelve a jugar papel protagónico en la coyuntura.

A la cabeza del campesinado de la Provincia Omasuyus y su capital, los achacacheños se desplazan a la ciudad de El Alto y en las instalaciones de Radio San Gabriel, inician una huelga de hambre que exige cambios drásticos en la política del Gobierno, así como la negativa a la venta de gas a Chile y otras reivindicaciones nacionales.

El movimiento tiene sus causas inmediatas en la infame y despiadada masacre de Warisata, donde la población inerme es masacrada por el Ejército provocando víctimas fatales y heridos en grandes cantidades.

Se cuenta el asesinato de una menor de 8 años alcanzada en su propio domicilio por el fuego indiscriminado de la soldadesca asesina. Por ello el movimiento campesino comienza a crecer y el bloqueo nacional de caminos, inicialmente restringido a la zona norte del Altiplano, se va extendiendo a otras regiones como Yungas.

El movimiento aimara ideó, en base a sus experiencias propias, resoluciones sindicales locales, una metodología propia nueva que consiste en tomar decisiones por amplio consenso, pero también sobre la marcha, pues se encuentran reunidos y no tiene necesidad de comunicaciones a la distancia que diluyen cualquier acuerdo.

Los movimientos más importantes de esa lucha histórica fueron indudablemente aquellas “fuerzas vivas” alteñas constituidas por la Central Obrera Regional (COR), la Federación de Juntas Vecinales (FEJUVE), y la Federación de Gremiales.

La importante participación en la lucha de la juventud Alteña y su heroica Universidad Pública de El Alto (UPEA), es algo que no debe soslayarse ni mucho menos ignorarse. Fueron efectivamente los estudiantes, docentes, trabajadores administrativos y autoridades universitarias que haciendo de sus instalaciones verdaderas barricadas, comandaron las acciones antigubernamentales con palos, piedras y petardos con los que arremetían contra el Ejército movilizado y en son de guerra.

Todos estos jóvenes eran partícipes activos en las Juntas Vecinales y ejercían liderazgo en las mismas por su propia preparación y disposición al desigual combate. La UPEA a la cabeza de sus autoridades que luchaban desde años atrás por su autonomía negada arbitrariamente por los gobiernos neoliberales.La UPEA y sus valerosos jóvenes constituyeron la vanguardia de las luchas callejeras contra la arremetida criminal del Gobierno.

La prolongación del conflicto y la dictación de un paro Cívico general de la ciudad, constituyen la mecha que enciende la pradera que se encuentra completamente seca.

Ya no solamente se trata de paralizar la ciudad, se trata de conseguir el derrocamiento del gobierno, la renuncia de Sánchez Lozada y si posible su propio ajusticiamiento por los crímenes alevosos cometidos.

El 12 de octubre, los combates callejeros se convirtieron en una verdadera guerra popular. Las wiphalas con un crespón negro en homenaje a los caídos del 12 y del 13, inundaban la ciudad. Las víctimas ya no podían ser ocultadas ni las causas escamoteadas: en una palabra, el Ejército estaba utilizando armas de guerra y los heridos y muertos sumaban decenas. Una nueva masacre esta vez resistida heroicamente por los pobladores alteños se realizaba ante las pantallas de la televisión.

La dirección política del movimiento desapareció y todo se movía espontáneamente, no parece que pueda existir un cambio en ese sentido. Los pedidos de diálogo no tenían respaldo porque nadie pudo garantizar un acatamiento al alto al fuego por parte de la población sublevada.

El bloqueo de las cisternas de gasolina que pretendían atender las necesidades de la ciudad de La Paz, ocasionó la furia de las autoridades del gobierno que ordenaron al Ejército que abra camino desde El Alto aún a costa de disparar directamente contra los bloqueadores. Las ametralladoras de los tanques y tanquetas disparaban a mansalva contra los manifestantes que se protegían en los muros y las piedras de la Ceja alteña.

Para la mañana del 13 de octubre, se esperaba o la reanudación de los combates o una tregua que permitía un cierto tipo de diálogo. De todas maneras, así Sánchez hubiera podido imponer a sangre y fuego sus condiciones para permanecer en el poder, sus planes gasíferos estaban ya completamente destruidos, así como todas sus medidas inmediatas que no podrán ser ya implementadas de ninguna manera.

El movimiento aún con grandes pérdidas humanas, ya había conseguido triunfos morales muy grandes: el gobierno no comprendió que no era un chiste aquello de que, para imponer medidas impopulares, tendría que pasar “sobre ríos de sangre…”

El valeroso levantamiento de octubre tuvo su culminación el día 17, cuando una gigantesca manifestación militante y aguerrida de más de 300. 000 pobladores alteños, campesinos aimaras, universitarios de la UPEA, obreros, estudiantes, clase media y profesionales, se descuelga desde las alturas de aquella ciudad y las laderas paceñas que se pliegan decididamente a la marcha incontenible, hasta la “hoyada”, armados únicamente con palos y piedras en una de las visiones más estremecedoras que registra nuestra historia por la decisión de lograr la derrota del gobierno de Sánchez de Lozada.

La inmensa movilización se desarrolla ya no solamente como una marcha, sino como una ofensiva militar. Asustado el representante del gobierno, no obstante afirmar que no renunciaría, tiene que tomar apresuradamente un helicóptero que lo recoge del Colegio Militar de Irpavi, para llevarlo a la base militar del El Alto, abandonando el país vergonzosamente en medio de la furia y la indignación de una enorme multitud congregada en el centro de la ciudad.

La singular batalla sin embargo dejó casi un centenar de muertos y más de 500 heridos como consecuencia de las agresiones militares a los ciudadanos desarmados que exigían la renuncia de Sánchez de Lozada, en primer lugar y además una Ley de Hidrocarburos que recupere la soberanía del Estado, la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente y un Juicio de responsabilidades porque ordenó al Ejercito y la Policía a usar armas de guerra, fusiles automáticos, ametralladoras, tanques de guerra y helicópteros fletados a los Estados Unidos.

La batalla de octubre de 2003, fue ganada por el pueblo. El 17 de octubre de 2003, es ya una fecha histórica. El heroísmo de una ciudad y de una nación como la aimara quedará gravado en la memoria de los pueblos de Bolivia para siempre.

Ese octubre de 2003, constituye además y, efectivamente, el punto de arranque y la fuente principal del proceso de cambio que vivimos y cuya paternidad no puede ser atribuida a ningún partido político en particular, sino reconocer que fue el pueblo en el campo, en las ciudades que con su firmeza ideológica y organizativa arrancó la epopeya que vivimos.

La Paz, 17 de Octubre de 2013